lunes, 17 de junio de 2013

Un misterio inesperado



No sucede a menudo, pero en ocasiones recibo correos de personas que han leído algo en el blog y que me transmiten sus impresiones. En algunos casos recibo también relatos o reflexiones sobre esta u otra temática. Procuro contestar siempre, como lo hago con los  comentarios que deja alguien en mi blog, pues despiertan mi simpatía y es posible que alimenten un poco ese ego que intento mantener bajo control.

Hace unas semanas, una desconocida sin nombre me envío un relato que tenía identidad propia y una voz especial y poco común. Me gustó, intercambiamos unos correos y, en un momento dado, me atrajo la posibilidad de jugar un poco con él, respetando su voz e incluyendo algo de la mía. Este es el resultado del peculiar e interesante experimento, cuyo mérito corresponde por completo a esa misteriosa desconocida.


Miro las agujas del reloj: las ocho. Y tengo de nuevo la desagradable sensación de estar perdiendo el tiempo. En realidad, sé que cada día hago menos, y esa voz no tarda en retumbar dentro de mi cabeza: “¡Estudia, haz algo, fracasada! ¡Eres un desastre con todo!” De repente quiero irme lejos, caminar sin rumbo, perderme. Estiro el brazo y lo saco por la ventana. El viento es frío y la piel se me eriza de inmediato. Siento un estremecimiento que me lleva a ese momento que intento olvidar desde hace días. Me levanto, y sin coger la chaqueta, salgo disparada hacia la calle en busca de ese atardecer que tan bien suele sentarme. Nada más abrir la puerta de mi edificio el aire me azota la cara sin contemplaciones.  Empiezo a caminar deprisa mientras el aire se ensaña con mi pelo, empujándolo para atrás. Revolotea descontrolado  y veo manchas doradas cruzando mi cara. Se me pega en los labios. Suspiro e intento escupirlo. Pero es inútil, porque en cuanto respiro se mete dentro de mi boca y se agarra a la lengua como si le fuese la vida en ello. Doy gracias por llevar los vaqueros y una camiseta ajustada, pues no creo que pudiese soportar el roce del viento sobre la piel. Cualquier fricción con mi cuerpo, por leve que sea, me devuelve a la oscuridad y al miedo de no saber quién soy. Sin querer pensar en nada, acelero el paso en dirección al paseo marítimo. Solo quiero ver el atardecer, caminar por la playa, escapar de este malestar que me atenaza. 
Cuando llego, me quito los zapatos, entierro los pies en la arena y dejo que sus pequeños granos se deslicen por mi piel. El cielo tiene un color malva rosado y la bruma hace que las montañas aparezcan difuminadas, como en un sueño. Huele a espuma, a sal y a tierra mojada. A pesar de la calma aparente, las olas suenan más fuerte de lo normal, como si quisieran hablar conmigo. Pero yo no quiero hablar con nadie. No hoy, no ahora. Tal vez nunca. De pronto, las imágenes de aquella escalera inundan mi mente y un calor sucio sube por mis piernas. El ruido dentro de mí se hace ensordecedor, las orejas me queman y noto cómo la vergüenza me estalla en la cara. Suelto un grito ahogado, me levanto y me meto en el agua. ¡Dios, está helada!  Y de repente lo siento. Mi respiración se agita, intento mantener el control… Pero es demasiado tarde y ya no sé si puedo escapar. Y sigo caminando, con el agua trepando por mi cuerpo, haciéndose con él, llevándoselo a otro lado.

Estoy en una habitación oscura. La cama es demasiado rígida. Escucho su respiración cerca. A pesar de tener los ojos vendados, sé qué está ahí, al acecho.  Y tengo miedo, no sé si de lo que vaya a hacerme o si es solo miedo de mí, de hasta dónde esté dispuesta a llegar, de ir a un sitio donde nunca he estado y del que tal vez después no sepa volver. Siento la necesidad de escaparme,  de deshacerme de esta situación y recuperar el sentido común, aunque en el fondo sé que no lo haré, y eso solo hace que la rabia y el deseo crezcan. Ni siquiera le conozco, apenas un vistazo rápido al llegar a su casa, pues enseguida agaché la cabeza y me quedé mirando el suelo con el estómago revuelto y sin saber qué hacer ni dónde meterme. Las últimas semanas han sido una locura. Mensajes, conversaciones por teléfono en las que yo ni siquiera decía nada por el temor a que mis padres se enterasen de algo. ¡Dios, tengo solo diecinueve años!  Nunca pedí tener estas fantasías, este deseo de ser sometida, este fuego que no hace más que crecer desde que entré en aquella jodida página de internet y vi primero unas fotografías y después esa película. De pronto, lo único que quiero es salir corriendo. Muevo las manos, intento sacarlas, pero las esposas me hacen daño,  y con cada roce empiezo a humedecerme más y más.  Mis pezones enseguida se ponen duros. Me muero de vergüenza, empiezo a sofocarme… Me coloco lo más recta posible y con la cabeza alta. Al menos, no pienso parecer tan vulnerable. 
Escucho sus pasos y alzo un poco el rostro con los sentidos alerta. Cae una gota de agua helada en mi espalda. Inmediatamente se me escapa un grito ahogado, me arqueo y todo el cuerpo intenta alejarse de esa gota que desciende por mi columna. Se me erizan los pelos de la nuca, mi respiración se entrecorta y  cierro los ojos con más fuerza. Otra gota, cuando mi piel ya ha asimilado el frío. Otra vez la misma sensación de rechazo. Otra gota, otro jadeo. Otra…
Tan solo puedo gemir. “Ya…”. No consigo acabar la frase. Estoy completamente mojada. Arrodillada, empiezo a mover mis piernas intentando aliviar esa quemazón, el ardor que siento por fuera y por dentro. Coge mi barbilla con  delicadeza, la eleva. Noto su respiración en mi cara, tranquila, paciente. 
-No te ocultes, quiero verte bien. –Mi corazón se encoge- ¿Qué has dicho?
Me quedo callada y cierro la boca. No pienso admitir que he suplicado que parara. Suelto un bufido tenso. 
-Eso no está bien, pequeña… Coge un pezón erecto y lo empieza a acariciar. Suelto un gemido. Empieza a apretarlo, aflojar, acariciar, apretar… Me vuelve loca. Mi lengua se eleva. Me resisto… Un cubito de hielo roza mi barriga.
-¡Ah! 
Pasa el cubito de manera intermitente por el vientre, el pecho… el pezón. Lo mueve en círculos. Está demasiado frío, empieza a quemar. Muevo las manos de nuevo, pero solo consigo hacerme daño. Me excito, noto la humedad en mi entrepierna. Me duelen las muñecas. Pasa el hielo por el cuello, por la oreja. Me estremezco. No soporto el hielo, no soporto no poder quitármelo de encima. Cada roce hace que mueva las muñecas. Deja caer el poco hielo que queda por mi espalda. Elevo la voz. Empieza de nuevo con el otro pecho.
-Por favor…
El hielo desaparece de mi cuerpo. Y siento como si estuviera desnuda en medio de la nada.  
-Abre la boca.
Hago lo que ordena, en trance. ¿Ya está? ¿Dónde está mi orgullo? Pasa el hielo por mis labios, quiero lamerlo, refrescarme. Acerco la lengua y aleja el hielo. Muy lentamente lo va pasando por el perfil de mis labios, las gotas van resbalando por el cuello. Mi cuerpo es un incendio líquido en el que todo se evapora de inmediato. Me mete el hielo bruscamente en la boca. Despierto del trance. Vuelvo a sentir este condenado frío. Una pequeña lágrima quiere salir, presa de la tensión y de la vergüenza.
Le oigo moverse, de nuevo está conmigo. Esta vez es una pieza más grande, la pasa en zigzag por mi vientre, baja… baja… Me obliga a levantar las caderas. Estoy confusa, deseo abrir los ojos. Muevo con urgencia las manos. Más rozaduras. Estoy mojada, por todas partes. 
Y lo hace. Me abre y mete el maldito hielo. Quiero soltar una queja, un grito, escupir el hielo en la cama y mirarle con rabia a los ojos.
-No escupas el hielo. Como vea que se te escapa algo de agua, te daré cinco azotes.
Un resorte se dispara en mi cabeza ¿Azotes? ¡Ni hablar! Y lo dejo caer, forcejeo con las esposas e intento levantarme de la cama.
Y mi piel estalla. No siento nada y lo siento todo. La violencia, el dolor, el placer más intenso. Y sin embargo no puedo evitar que las lágrimas salgan a borbotones de mis ojos. Quiero ese hielo, pero solo para volver a arrojarlo. Él parece darse cuenta, y antes de volver a introducirlo lo pasea por mi culo. Grito. No puedo más y al mismo tiempo lo quiero todo.
- Ni se te ocurra volver a hacerlo. No sabes lo que puedo llegar a hacer contigo. Ahora, mueve bien esas caderas.
Y hago lo que me ordena. Él juega con el hielo dentro de mí. Quema…Estoy tan caliente que se empieza a derretir. Empapo las sabanas,  Echo la cabeza para atrás y empiezo a gemir. Enloquezco. El hielo se funde conmigo, solo quiero que me embista, que me toque, que haga conmigo lo que quiera.
-Por favor… Dámelo… -mi voz oscila entre el aullido y el suspiro. Sueno tan tonta y vulnerable…-
-Por favor, ¿qué? –Lo dice con voz fría. Noto el líquido que corre por mis piernas. No estoy bien, pero a estas alturas qué más da. Por mi insolencia, coge otro hielo y vuelve a empezar. Mis quejas, si las hay, ya no sirven de nada. Mis caderas tienen vida propia y se mueven solas.
-Por favor, señor…
-Dilo.
Maldito hijo de… 
-Por favor, señor… empiece ya… -Odio decir esto, odio parecer tan pequeña, tan dócil, tan estúpidamente servil.
-No lo pienso repetir, Sara. –pone su boca en mi oído y me lo repite con un seco susurro- Dilo.
-Por favor, señor, fólleme, azóteme, haga con mi cuerpo todo lo que desee.
-Muy bien. -Ya no noto su mano en mi entrepierna. Coge mi cara, la echa un lado con urgencia, me arrastra por la cama, tira de mí y... 

Una ola enorme me cubre por completo. No sé cómo, pero en mi aturdimiento he seguido caminando y ahora estoy demasiado lejos de la orilla. Me doy la vuelta y comienzo a bracear de forma descontrolada. Trago agua, siento nauseas, me duelen mucho los brazos y el pelo enmarañado me cubre los ojos. Entonces, cuando creo que no lo voy a conseguir, un fogonazo se dispara en mi cabeza. Y recuerdo con absoluta claridad lo que llevo dos días intentando ocultar, que en realidad aquella tarde no pasó nada,  que esos recuerdos no son reales, sino las cosas que él había prometido hacerme, y que al llegar a su casa, me quedé paralizada en el último rellano de la escalera y, presa de un pánico irracional, salí corriendo y durante horas estuve dando vueltas por la ciudad mientras disimulaba las lágrimas. Y que luego no respondí a ninguna de sus llamadas. Y que esa es la verdadera razón por la que me siento una cobarde y una fracasada.  El cansancio me invade, penetrando por cada poro de mi piel, y tengo la tentación de no pelear más, de dejarme llevar y flotar a la deriva. Pero un impulso más fuerte me hace mover el cuerpo con toda su energía. Me revuelvo como puedo, agito brazos y piernas, trago más agua y por fin llego a la orilla. Doy unos pocos pasos trastabillando y me dejo caer sobre la arena.  Escupo el agua, la sal y toda la rabia. Y entre temblores, consigo sacar el teléfono del bolsillo y compruebo que todavía funciona.

13 comentarios:

laprincesa{Celta} dijo...

Y le llamó, sé que le llamó o eso quiero imaginar.

Pocas veces se leen cosas que resultan creíbles y este texto transmite sentimiento, realidad con toda su dureza y belleza.

Felicidades a esa desconocida y a ti.

Un abrazo.

Marlowe dijo...

Pues no lo sé, princesa. Habrá que esperar para ver si nos enteramos de algo más.

Gracias por tu comentario, que transmito a la creadora.

Un abrazo.

Noa Doménech dijo...

Jo, ya estoy enganchada a otro relato esperando que tenga segunda parte. Por favor querida desconocida, haz segunda parte!!! Y gracias a ambos por el relato, me ha encantado.

Marlowe dijo...

Gracias, Noa.

Yo también la espero, la segunda parte. Vamos a ver si se anima.

Un abrazo.

SirenayMusa dijo...

Interesante relato... Intensas sensaciones... Moraleja: Si lo sientes, Atrevete... El que no arriesga no gana!

Marlowe dijo...

SirenayMusa,

O el que no vive, siempre pierde.

Un saludo y gracias por tu comentario.

Anónimo dijo...

Que bueno. Quede enganchada desde el primer momento. Pude sentir cada palabra

Marlowe dijo...

Me alegro mucho de que gustase.

Sunny dijo...

He estado visitando blogs de historias BDSmeseras y este es el único que me ha transmitido un sentimiento real, que se meta en el cuerpo de tal forma de querer ser la propia protagonista.
Tan solo algunos tuyos y uno que leí sobre un chico que pierde la virginidad con una prostituta parisiana, pero eso era más erótico romántico que de D/s.

Felicidades a ambos, espero con curiosidad lo que hará Sara cuando salga de esa playa.

Marlowe dijo...

Sunny,

Gracias por tu comentario. Creo que somos unos cuantos los que estamos esperando.

Anónimo dijo...

Fantástico....descriptivo, muy buen relato, mis felicitaciones

Alice

Marlowe dijo...

Me alegro mucho de que te haya gustado, Alice.

Un abrazo.

spanking latino dijo...

Hola, quiero invitarte a compartir tus experiencias sobre el mundo del BDSM y el spanking en un nuevo blog social, Spanking Latino, totalmente nuevo y renovado con muchas ganas de crear una comunidad virtual sobre azotes, disciplina erótica y castigos corporales.

Los usuarios pueden compartir fotos, videos o escribir artículos en su propio espacio y en el blog general. Si tenemos participacion, tambien se podrán crear grupos temáticos sobre las técnicas que más nos gustan o simplemente sobre las afinidades que cada uno tiene en relación al BDSM.

Esperamos contar con tu importante participación en éste intento de crear un espacio nuevo para compartir experiencias y conocer gente afin.

Saludos y "gracias por ser como sos"...

Angeles