martes, 15 de enero de 2013

Un beso envenenado



Aun es de noche, pero llevo un buen rato despierto. Procuro no moverme, pues noto su tranquila respiración a mi lado. Mi mente es una masa informe de inquietudes imposibles de definir, preocupaciones, deslavazadas imágenes y retazos de sueños mal dibujados. De pronto, como tantas otras veces, siento la inmediata urgencia de levantarme y hacer algo. O de escaparme de ese espacio extraño en el que todo es turbio y confuso. Me giro en silencio y, antes de salir de la cama, beso suavemente sus labios. Ella, a la que presumía dormida, coge mi mano. Y oigo su voz, que parece venir de un lugar muy lejano.

¿Sabes? A mí una vez me envenenaron los labios. 

Los dos nos quedamos quietos. Y, aunque probablemente sea una ilusión del momento, creo escuchar su corazón palpitando muy despacio.

Tenía diecisiete años, continúa en un susurro. Había estado con algún chico, pero no sentía nada. O muy poco. Y no me gustaba. Una noche vino a cenar a casa un antiguo amigo de mi padre. Era un hombre elegante, aunque no sé porqué, a su alrededor flotaba un aire de tristeza. Era como si estuviese allí y al mismo tiempo en otro lado. No tardé en darme cuenta de que seguía la conversación sin demasiado interés, a pesar de tener siempre la palabra correcta para cada frase. Y, cuando lo hacía, cuando hablaba, yo tenía la sensación de que era solo para mí. Ocurría lo mismo con sus ojos tristes y apagados que parecían no fijar su atención en nada en concreto, pero dos o tres veces me miró durante unos segundos y yo sentí que me estaba desnudando. Y no me refiero a quitarme la ropa. Era algo distinto, imposible de descifrar, que me obligaba a bajar la cabeza para esconder mi rostro ruborizado. Esa noche, cuando se fue, me costó mucho dormirme. Estaba agitada y triste al mismo tiempo. Y me sentía mal por sentir lo que sentía. Creo que ya me entiendes, dice. Y no sé si sonríe o si en silencio está llorando.

Dos o tres días después recibí una carta a mi nombre sin remite. Y supe, sin leerla y a pesar de que no tenía ninguna firma estampada, que era suya. Hablaba de algunas cosas que no entendía, divagaba sobre una vida que yo desconocía, pero también hacía directas insinuaciones sobre la impresión que le había causado. Le gustaba mi voz, mi sonrisa, la manera en que me vestía. Soñaba conmigo cada noche, me decía. Y recuerdo que yo, unas horas después, me masturbé en el baño pensando en su pelo gris y en unas manos firmes  que me acariciaban. 

Hubo más cartas. Muchas más. Y en cada una de ellas yo volvía a sentir su tristeza, aunque su tono fuese cada vez más íntimo y al mismo tiempo más imperioso. Contaba lo que le gustaría hacer con mi cuerpo y lo que deseaba que yo hiciese con el suyo. Y todo me excitaba hasta un punto en que creía que iba a enloquecer. ¿Cómo podía conocerme alguien así, si ni siquiera yo era consciente de ello? Me pedía que me tocase pensando en él y que oliese el olor de mi sexo excitado y yo lo hacía. Me sugería la ropa que debía ponerme y yo me la ponía. Me ordenaba que me desnudase frente al espejo y yo sabía que era él quien me estaba mirando. Puede que estuviese tan solo hechizada, pero yo me sentía poseída. 

He cerrado los ojos, y aunque la escucho aferrado a sus dedos con una fuerza quizás mayor de la necesaria, no puedo escapar de las imágenes que va desvelando.

En una de esas cartas, continúa, me pidió que nos encontrásemos en un cine que se encontraba no muy lejos de mi barrio y por el que a menudo pasaba cuando me dirigía al colegio. Mencionaba el día y la hora exacta, qué ropa debía ponerme y en qué fila estaría esperándome. Para la cita propuesta faltaban poco más de cuarenta y ocho horas, un tiempo que yo pasé consumida por los nervios, sin apenas comer y con el sueño alterado. La noche previa no pude ni cerrar los ojos porque todo lo que veía cuando los cerraba eran sus manos recorriendo mi cuerpo, sus labios mordiendo los míos y sus ojos observándome con un brillo desconocido. Me levanté decidida a no ir, pero a media mañana ya había cambiado de opinión, lo que hice varias veces a lo largo del día. A las siete, sin embargo, estaba de pie frente a la taquilla con las piernas temblando y un zumbido en el estómago que no había sentido nunca. El cine estaba casi vacío y la película ya había comenzado. Tuve que andar a tientas, cegada por la oscuridad, hasta ver su pelo blanco. Al llegar junto a él no podía mirarle y me limité a sentarme a su lado, agarrándome al bolso como si fuese un salvavidas, el pomo de una puerta o los barrotes de una celda imaginaria. Pasaron unos minutos, aunque tampoco estoy segura de cuántos. Lo que sí sé es que, más que tranquilizarme, mi tensión aumentaba, a pesar de tener los ojos fijos en la pantalla. Debía tratarse de la reposición de una película antigua, pues era en blanco y negro y recuerdo a un Jack Lemmon muy joven tomando martinis y aceitunas en la barra de un bar abarrotado. De pronto, sentí su mano sobre mi pierna y no sé si tuve ya un orgasmo. Estaba muy nerviosa, como ida, pero también muy excitada. Sus dedos me apretaban el muslo casi hasta hacerme daño, pero era un dolor diferente, que ni siquiera sentía como tal, o que si lo sentía no hacía sino incrementar el deseo de que aquello no parase. Me abrió las piernas, levantó la falda y se fue directo a por mis bragas. Tuve un acceso de pudor e intenté cerrarlas, pero él me dio un azote en la entrepierna y eso hizo que algo dentro de mí explotara. Puso la palma de la mano contra mi coño y la restregó como quien se está lavando algo. Se me escapó un gemido, y él cubrió mi boca y metió los dedos en ella. Tenía un sabor salado y dulce, diferente al olor que yo conocía, como si fuese el del cuerpo de otra persona. Después oí un chirrido, noté su mano en mi cuello y la presión que me obligaba a agachar la cabeza. No sé cómo era su polla, no sé cómo era él. En realidad, no sé cómo era nada. Me empujaba arriba y abajo, apretando mi nuca. Unas veces me tiraba del pelo, y otras me enterraba hasta que la notaba casi en el estómago. Se corrió. Estaba caliente y viscoso,  de un sabor extraño. Intenté incorporarme, pero me obligó a permanecer allí, empujando aun más, hasta que su polla entera estuvo dentro de mi boca. Después, sin previo aviso, alzó mi rostro y me besó, mordiéndome los labios hasta que sentí el sabor de mi sangre mezclado con lo que no me había tragado. Y una descarga eléctrica recorrió mi piel de punta a punta y pensé que algo, no sabría decirte el qué, se me había roto por dentro. Cuando me soltó, resbalé aturdida por la butaca, como una muñeca de trapo. Él se levantó, creo que me miró un momento, y se marchó sin decir nada.

He estado tan absorto en el relato que no me he dado cuenta del leve temblor que parece agitar su cuerpo. Me acerco a ella, pero se aparta unos centímetros sin soltar mi mano. Intuyo que no necesita consuelos ni comentarios, que le basta y le sobra con nuestros dedos entrelazados. Una luz muy tenue comienza a filtrarse a través de las cortinas, y yo prefiero cerrar los ojos y pensar que hoy todavía no es mañana. Así, en ese silencio, quizás falso, aunque también encantado, vuelvo a escuchar su voz, que ahora parece más calmada.

Tres días más tarde supe por mi padre que había muerto, atropellado por un tren de cercanías. Se ve que no quiso ir demasiado lejos. En mi casa había opiniones para todos los gustos. Que si su empresa iba a quebrar o había ya quebrado, que si su matrimonio era un fracaso, que si… Pero yo no podía dejar de pensar que, lo que sea que le forzó a tirarse sobre unas vías, estaba relacionado conmigo, con lo sucedido en el cine y con mis labios.

Estuve tres años sin tocarme, sin casi salir de casa más allá de lo estrictamente necesario,  evitando siempre pasar por la calle donde se encontraba aquel cine. Perdí peso, apenas comía y, por las noches, cuando conseguía dormirme, era para zambullirme en una angustiosa pesadilla. A veces era su cuerpo destrozado, en otras ocasiones lo veía descomponiéndose entre un amasijo de tierra, huesos y sangre, pero también hubo algunos momentos en que lo tenía a mi lado, haciéndome lo que me había hecho en aquella sala oscura y mucho más. Y entonces me despertaba consumida por el deseo y la vergüenza. Asqueada, envuelta en sudor y con mi coño desbordado.

Oigo algo que no sé si calificar de risa o estertor, como si su energía se hubiese agotado y estuviese esperando a que alguien le coloque unas pilas nuevas. O que simplemente la abrace. Pero algo me dice que no lo haga. Al menos, no todavía.

Una tarde me distraje, y su voz suena entre furiosa y puede que, por primera vez, algo divertida. Estaba caminando, ensimismada y haciendo que miraba los escaparates de las tiendas cuando en realidad no estaba mirando nada, y de repente me di de bruces con el cine. Estaba abandonado, en ruinas, aunque conservaba los carteles amarillentos de la última película que habían proyectado. La puerta, sucia y llena de pintadas, estaba entreabierta como una invitación o como una amenaza. Me quedé absorta contemplándome en el reflejo del cristal, sin reconocerme, sin saber quién estaba allí ni porqué seguía parada. Y recordé todo de nuevo. El miedo, los nervios, la excitación, el abandono. Y el placer, también el placer. En mis piernas, en mi boca, en mis pezones erectos, en mi cuello acalorado. Y, a través del vidrio opaco, vi a un hombre mayor y desastrado que me miraba desde el interior. Dio dos pasos al frente, observándome. Y sentí que me medía, que me medía por fuera y por dentro. En sus ojos había curiosidad, deseo y, no sé porqué lo pienso, puede que también desprecio. Sin pensarlo, crucé la puerta, pasé a su lado y entré en la sala, que olía a viejo, a polvo, a algo quemado. Enseguida sentí su presencia a mi espalda y me quedé quieta, esperando. Me abrazó con violencia, retorciendo mis pechos, bajando los dedos por el vientre y apretando mi coño. Yo estaba mojada. Y no sentía asco. Me dio la vuelta, cogió mi rostro y me dio una bofetada, que no hizo sino acelerar el fuego que llevaba dentro. Hizo conmigo lo que quiso, aunque yo apenas recuerde nada, excepto que sabía a vino barato y a miseria, a ruina, a escombros, a muertos por fin desenterrados.

Nos quedamos en silencio. La luz ya inunda el cuarto y la cama. Poco a poco, se acerca a mí y me abraza. Siento una humedad en el cuello y una paz desacostumbrada. Me muevo lentamente, casi a cámara lenta, y deposito un breve beso en sus labios. Y creo que los dos nos fundimos en un sueño sin pesadillas ni trampas.



13 comentarios:

isabel SD dijo...

Me ha gustado mucho tu relato, tienes una forma de contar las cosas muy fluida es facil leerte y engancha tu lectura.Saludos.

Marlowe dijo...

Muchas gracias por tu comentario.

Un saludo.

Irracionalmente dulce dijo...

.... exquisito!

Marlowe dijo...

Muchas gracias.

Mariposas de Chocolate dijo...

Creo que la principal habilidad que puede tener alguien al escribir,es la de no dejar indiferente. Pues tio, lo consigues, enhorabuena.

laprincesa{Celta} dijo...

Compartir deseos, miedos, momentos vividos pueden calmar el alma, de ambos.

Un beso.



Marlowe dijo...

Mariposas de Chocolate,

Y ese es sin duda uno de los mejores elogios que pueden recibirse.

Muchas gracias y un abrazo.

princesa,

Intuyo que ese es el eje central del relato.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

bárbaro, me transportó...felicitaciones. Alice

Marlowe dijo...

Gracias por tu comentario, Alice.

Sunny dijo...

Me han entrado escalofríos cuando terminé la historia. Tu manera de escribir es una caricia para los ojos. Casi sin respiración.

Amo tu forma de escribir, tus sumisas con humanidad y tu literatura.

Simplemente delicioso.

Marlowe dijo...

Sunny,

Cuando escribes, el mejor regalo es tener lectoras como tú. Gracias.

Anónimo dijo...

Fácil es dominar físicamente, otra historia es sentir a una mujer esclava de tu mente. Esa niña tuvo una experiencia que muchas desearían vivir, me incluyo humildemente en ese grupo.

Un relato fascinante... Saludos.

Olimpia.

Marlowe dijo...

Olimpia,

Gracias por tu visita y tus palabras.

Un saludo.