sábado, 7 de septiembre de 2013

Ética promiscua vs 50 sombras...




"Cada persona que conoces te ofrece un espejo único en el que ver una nueva imagen de ti.  Y cada amante engrandece tu visión del mundo y profundiza en tu propio conocimiento."  Dossie Easton & Janet W. Hardy


Hay libros grandes que son voluntariamente modestos. Y hay otros que, como una tormenta tropical, hacen un ruido atronador pero con los que, al leerlos, tu curiosidad e interés se secan enseguida. 
Leí tres cuartas partes del primer volumen de la famosa trilogía y tuve la misma sensación que al mascar un chicle. Con cierta chispa al principio y cada vez más insulso según iba avanzando. Estoy de acuerdo en que es posible que haya contribuido a que algunas personas se acerquen a sus fantasías con una calma o legitimidad de la que antes que carecían. Pero son solo eso, fantasías, pues lo que el libro transmite en el fondo son los mismos estereotipos de siempre sobre la sexualidad y las relaciones amorosas.
Hoy, antes de escribir esta entrada, he hecho una rápida consulta en google comparando los resultados de la búsqueda de “50 sombras…” con los de “Ética promiscua”, y los números son un tanto escandalosos, tanto con los títulos en inglés como en español. Es más, de este último no he encontrado ninguna reseña que no provenga de algún blog pequeño y personal como el mío. Es probable que las haya, pero yo no he sido capaz de dar con ellas.
Esta pesada y errática introducción, que no sé si viene a cuento de nada, es en lo que yo pensaba estas últimas semanas cuando releía algunos de los capítulos que más me han impresionado de “Ética promiscua”. Y digo releer porque, bajo un lenguaje sencillo y un estilo casi de manual de ayuda, este libro habla de temas complejos con respeto y generosidad, poniéndose siempre a la altura de cualquier lector y huyendo del pedestal de la pedantería.
El libro, al menos en su edición en español, se define como “Una guía práctica para el poliamor, las relaciones abiertas y otras aventuras”. Y, aunque certero, a mí me resulta un poco limitado,  pues prefiero verlo como un paso más en la aventura del conocimiento. 
En un tiempo en que casi todas las causas parecen casi perdidas, ampliar los horizontes del amor, de las relaciones personales y del placer debería ser algo más y mejor que una lejana utopía. Y como Dossie y Janet dicen al final de su libro, hacer de la abundancia un fetiche es una saludable manera de entender la vida.
Un último consejo para los que se animen con esta aventura. Si hay algo que te aburre, o que en ese momento no te interesa, pasa de largo y sigue leyendo.  Pero déjalo cerca, porque es un libro de múltiples lecturas.

sábado, 17 de agosto de 2013

En tu piel

En tu piel
El placer
Si tiene nombre
Se escribe con mayúsculas
Y ahí
En cualquiera de tus poros
Comienza una historia
Que aun sin final
Nunca se termina
Ya sea roce
Vendaval
O ruidosa caricia
Mi tacto
Siempre encuentra
Ese acorde
En el que el dolor
Se transforma
En gozosa agonía
Y me pierdo en esas noches
En cada una de sus calles
Y en tus inmensas avenidas
Glorietas
Pliegues
Plazas
En las que a todas horas es de día
Recorro tu cuerpo
Como el explorador
Deslumbrado por el sol
Para el que cada huella
Es un silencioso rumor
En pos de la tierra prometida
Y todo
Desde el latido de tu vientre
Hasta la sal de tus axilas
Es un fragor que nunca sacia
Y que en cualquier rincón
Se anuncia y se culmina
El pelo revuelto
A veces desatado caudal
Y otras entre mis dedos la brida
Sobre la que cabalgo
A lomos de tu cuello y tu rubor
O sobre esa boca curiosa y ávida
Que dice ven
Aunque solo sea un instante
Porque juntos
Vamos a comernos
No solo los labios
La rabia
O el tejido de los sueños
Sino
Por encima de todo
La esencia de eso
A lo que también llamamos vida.

lunes, 17 de junio de 2013

Un misterio inesperado



No sucede a menudo, pero en ocasiones recibo correos de personas que han leído algo en el blog y que me transmiten sus impresiones. En algunos casos recibo también relatos o reflexiones sobre esta u otra temática. Procuro contestar siempre, como lo hago con los  comentarios que deja alguien en mi blog, pues despiertan mi simpatía y es posible que alimenten un poco ese ego que intento mantener bajo control.

Hace unas semanas, una desconocida sin nombre me envío un relato que tenía identidad propia y una voz especial y poco común. Me gustó, intercambiamos unos correos y, en un momento dado, me atrajo la posibilidad de jugar un poco con él, respetando su voz e incluyendo algo de la mía. Este es el resultado del peculiar e interesante experimento, cuyo mérito corresponde por completo a esa misteriosa desconocida.


Miro las agujas del reloj: las ocho. Y tengo de nuevo la desagradable sensación de estar perdiendo el tiempo. En realidad, sé que cada día hago menos, y esa voz no tarda en retumbar dentro de mi cabeza: “¡Estudia, haz algo, fracasada! ¡Eres un desastre con todo!” De repente quiero irme lejos, caminar sin rumbo, perderme. Estiro el brazo y lo saco por la ventana. El viento es frío y la piel se me eriza de inmediato. Siento un estremecimiento que me lleva a ese momento que intento olvidar desde hace días. Me levanto, y sin coger la chaqueta, salgo disparada hacia la calle en busca de ese atardecer que tan bien suele sentarme. Nada más abrir la puerta de mi edificio el aire me azota la cara sin contemplaciones.  Empiezo a caminar deprisa mientras el aire se ensaña con mi pelo, empujándolo para atrás. Revolotea descontrolado  y veo manchas doradas cruzando mi cara. Se me pega en los labios. Suspiro e intento escupirlo. Pero es inútil, porque en cuanto respiro se mete dentro de mi boca y se agarra a la lengua como si le fuese la vida en ello. Doy gracias por llevar los vaqueros y una camiseta ajustada, pues no creo que pudiese soportar el roce del viento sobre la piel. Cualquier fricción con mi cuerpo, por leve que sea, me devuelve a la oscuridad y al miedo de no saber quién soy. Sin querer pensar en nada, acelero el paso en dirección al paseo marítimo. Solo quiero ver el atardecer, caminar por la playa, escapar de este malestar que me atenaza. 
Cuando llego, me quito los zapatos, entierro los pies en la arena y dejo que sus pequeños granos se deslicen por mi piel. El cielo tiene un color malva rosado y la bruma hace que las montañas aparezcan difuminadas, como en un sueño. Huele a espuma, a sal y a tierra mojada. A pesar de la calma aparente, las olas suenan más fuerte de lo normal, como si quisieran hablar conmigo. Pero yo no quiero hablar con nadie. No hoy, no ahora. Tal vez nunca. De pronto, las imágenes de aquella escalera inundan mi mente y un calor sucio sube por mis piernas. El ruido dentro de mí se hace ensordecedor, las orejas me queman y noto cómo la vergüenza me estalla en la cara. Suelto un grito ahogado, me levanto y me meto en el agua. ¡Dios, está helada!  Y de repente lo siento. Mi respiración se agita, intento mantener el control… Pero es demasiado tarde y ya no sé si puedo escapar. Y sigo caminando, con el agua trepando por mi cuerpo, haciéndose con él, llevándoselo a otro lado.

Estoy en una habitación oscura. La cama es demasiado rígida. Escucho su respiración cerca. A pesar de tener los ojos vendados, sé qué está ahí, al acecho.  Y tengo miedo, no sé si de lo que vaya a hacerme o si es solo miedo de mí, de hasta dónde esté dispuesta a llegar, de ir a un sitio donde nunca he estado y del que tal vez después no sepa volver. Siento la necesidad de escaparme,  de deshacerme de esta situación y recuperar el sentido común, aunque en el fondo sé que no lo haré, y eso solo hace que la rabia y el deseo crezcan. Ni siquiera le conozco, apenas un vistazo rápido al llegar a su casa, pues enseguida agaché la cabeza y me quedé mirando el suelo con el estómago revuelto y sin saber qué hacer ni dónde meterme. Las últimas semanas han sido una locura. Mensajes, conversaciones por teléfono en las que yo ni siquiera decía nada por el temor a que mis padres se enterasen de algo. ¡Dios, tengo solo diecinueve años!  Nunca pedí tener estas fantasías, este deseo de ser sometida, este fuego que no hace más que crecer desde que entré en aquella jodida página de internet y vi primero unas fotografías y después esa película. De pronto, lo único que quiero es salir corriendo. Muevo las manos, intento sacarlas, pero las esposas me hacen daño,  y con cada roce empiezo a humedecerme más y más.  Mis pezones enseguida se ponen duros. Me muero de vergüenza, empiezo a sofocarme… Me coloco lo más recta posible y con la cabeza alta. Al menos, no pienso parecer tan vulnerable. 
Escucho sus pasos y alzo un poco el rostro con los sentidos alerta. Cae una gota de agua helada en mi espalda. Inmediatamente se me escapa un grito ahogado, me arqueo y todo el cuerpo intenta alejarse de esa gota que desciende por mi columna. Se me erizan los pelos de la nuca, mi respiración se entrecorta y  cierro los ojos con más fuerza. Otra gota, cuando mi piel ya ha asimilado el frío. Otra vez la misma sensación de rechazo. Otra gota, otro jadeo. Otra…
Tan solo puedo gemir. “Ya…”. No consigo acabar la frase. Estoy completamente mojada. Arrodillada, empiezo a mover mis piernas intentando aliviar esa quemazón, el ardor que siento por fuera y por dentro. Coge mi barbilla con  delicadeza, la eleva. Noto su respiración en mi cara, tranquila, paciente. 
-No te ocultes, quiero verte bien. –Mi corazón se encoge- ¿Qué has dicho?
Me quedo callada y cierro la boca. No pienso admitir que he suplicado que parara. Suelto un bufido tenso. 
-Eso no está bien, pequeña… Coge un pezón erecto y lo empieza a acariciar. Suelto un gemido. Empieza a apretarlo, aflojar, acariciar, apretar… Me vuelve loca. Mi lengua se eleva. Me resisto… Un cubito de hielo roza mi barriga.
-¡Ah! 
Pasa el cubito de manera intermitente por el vientre, el pecho… el pezón. Lo mueve en círculos. Está demasiado frío, empieza a quemar. Muevo las manos de nuevo, pero solo consigo hacerme daño. Me excito, noto la humedad en mi entrepierna. Me duelen las muñecas. Pasa el hielo por el cuello, por la oreja. Me estremezco. No soporto el hielo, no soporto no poder quitármelo de encima. Cada roce hace que mueva las muñecas. Deja caer el poco hielo que queda por mi espalda. Elevo la voz. Empieza de nuevo con el otro pecho.
-Por favor…
El hielo desaparece de mi cuerpo. Y siento como si estuviera desnuda en medio de la nada.  
-Abre la boca.
Hago lo que ordena, en trance. ¿Ya está? ¿Dónde está mi orgullo? Pasa el hielo por mis labios, quiero lamerlo, refrescarme. Acerco la lengua y aleja el hielo. Muy lentamente lo va pasando por el perfil de mis labios, las gotas van resbalando por el cuello. Mi cuerpo es un incendio líquido en el que todo se evapora de inmediato. Me mete el hielo bruscamente en la boca. Despierto del trance. Vuelvo a sentir este condenado frío. Una pequeña lágrima quiere salir, presa de la tensión y de la vergüenza.
Le oigo moverse, de nuevo está conmigo. Esta vez es una pieza más grande, la pasa en zigzag por mi vientre, baja… baja… Me obliga a levantar las caderas. Estoy confusa, deseo abrir los ojos. Muevo con urgencia las manos. Más rozaduras. Estoy mojada, por todas partes. 
Y lo hace. Me abre y mete el maldito hielo. Quiero soltar una queja, un grito, escupir el hielo en la cama y mirarle con rabia a los ojos.
-No escupas el hielo. Como vea que se te escapa algo de agua, te daré cinco azotes.
Un resorte se dispara en mi cabeza ¿Azotes? ¡Ni hablar! Y lo dejo caer, forcejeo con las esposas e intento levantarme de la cama.
Y mi piel estalla. No siento nada y lo siento todo. La violencia, el dolor, el placer más intenso. Y sin embargo no puedo evitar que las lágrimas salgan a borbotones de mis ojos. Quiero ese hielo, pero solo para volver a arrojarlo. Él parece darse cuenta, y antes de volver a introducirlo lo pasea por mi culo. Grito. No puedo más y al mismo tiempo lo quiero todo.
- Ni se te ocurra volver a hacerlo. No sabes lo que puedo llegar a hacer contigo. Ahora, mueve bien esas caderas.
Y hago lo que me ordena. Él juega con el hielo dentro de mí. Quema…Estoy tan caliente que se empieza a derretir. Empapo las sabanas,  Echo la cabeza para atrás y empiezo a gemir. Enloquezco. El hielo se funde conmigo, solo quiero que me embista, que me toque, que haga conmigo lo que quiera.
-Por favor… Dámelo… -mi voz oscila entre el aullido y el suspiro. Sueno tan tonta y vulnerable…-
-Por favor, ¿qué? –Lo dice con voz fría. Noto el líquido que corre por mis piernas. No estoy bien, pero a estas alturas qué más da. Por mi insolencia, coge otro hielo y vuelve a empezar. Mis quejas, si las hay, ya no sirven de nada. Mis caderas tienen vida propia y se mueven solas.
-Por favor, señor…
-Dilo.
Maldito hijo de… 
-Por favor, señor… empiece ya… -Odio decir esto, odio parecer tan pequeña, tan dócil, tan estúpidamente servil.
-No lo pienso repetir, Sara. –pone su boca en mi oído y me lo repite con un seco susurro- Dilo.
-Por favor, señor, fólleme, azóteme, haga con mi cuerpo todo lo que desee.
-Muy bien. -Ya no noto su mano en mi entrepierna. Coge mi cara, la echa un lado con urgencia, me arrastra por la cama, tira de mí y... 

Una ola enorme me cubre por completo. No sé cómo, pero en mi aturdimiento he seguido caminando y ahora estoy demasiado lejos de la orilla. Me doy la vuelta y comienzo a bracear de forma descontrolada. Trago agua, siento nauseas, me duelen mucho los brazos y el pelo enmarañado me cubre los ojos. Entonces, cuando creo que no lo voy a conseguir, un fogonazo se dispara en mi cabeza. Y recuerdo con absoluta claridad lo que llevo dos días intentando ocultar, que en realidad aquella tarde no pasó nada,  que esos recuerdos no son reales, sino las cosas que él había prometido hacerme, y que al llegar a su casa, me quedé paralizada en el último rellano de la escalera y, presa de un pánico irracional, salí corriendo y durante horas estuve dando vueltas por la ciudad mientras disimulaba las lágrimas. Y que luego no respondí a ninguna de sus llamadas. Y que esa es la verdadera razón por la que me siento una cobarde y una fracasada.  El cansancio me invade, penetrando por cada poro de mi piel, y tengo la tentación de no pelear más, de dejarme llevar y flotar a la deriva. Pero un impulso más fuerte me hace mover el cuerpo con toda su energía. Me revuelvo como puedo, agito brazos y piernas, trago más agua y por fin llego a la orilla. Doy unos pocos pasos trastabillando y me dejo caer sobre la arena.  Escupo el agua, la sal y toda la rabia. Y entre temblores, consigo sacar el teléfono del bolsillo y compruebo que todavía funciona.

jueves, 21 de marzo de 2013

Palabras ajenas - Sally Binford



"A mis seres queridos:

Casi todos vosotros sabéis que llevo algún tiempo planeando marcharme, no por desesperación o depresión, sino por un deseo de acabar las cosas bien. He tenido la suerte de vivir una vida extraordinaria, enormemente enriquecida por el amor y el apoyo de un amplio (aunque improbable) grupo de amigos y amantes. No quiero dejar que se disipe en años de debilidad y dependencia. He jugado lo suficiente para saber que resulta sensato marcharte cuando vas ganando (o al menos cuando empatas). Y aquellos de vosotros que sabéis cuándo nací reconoceréis que la elección del momento de mi salida me permite reclamar como mi epitafio:
Toujours soixante-neuf!

Adiós con amor, Sally"

Cita tomada del libro "La mujer de tu prójimo", de Gay Talese.

miércoles, 27 de febrero de 2013

El regalo

Cada noche, antes de acostarse, él sale al pequeño balcón para fumarse un cigarro. Son unos minutos en los que siente que escapa de su casa y de la rutina que se ha instalado en ella. Hoy, sin embargo, tiene una sensación diferente. En parte porque es su cumpleaños, otro más, y también porque ella no está. Por la mañana, al levantarse, vio un escueto mensaje de felicitación que incluía el aviso de que hoy llegaría tarde, pues tenía una cena de trabajo. Y sin saber muy bien por qué, el estrecho espacio en el que se encuentra le trae la imagen de un sandwich frío y plastificado. Además llueve. Una lluvia ligera y anodina que cae sobre su rostro sin furia ni interés, como si estuviese simplemente de paso.

De pronto, a través de las tenues cortinas del piso situado enfrente del suyo, percibe la silueta desdibujada de dos personas, a la que poco después se une una tercera. Juraría que se trata de dos hombres y una mujer, aunque no está seguro del todo. Al principio no parecen hacer nada, apenas si se mueven, se diría que estén hablando. Pero al cabo de unos segundos, uno de ellos se sienta en una butaca, mientras el otro comienza a desnudarla. Después ella se pone de rodillas, y él nota una presión en el vientre y su polla de inmediato se endurece. Cuántas veces, piensa con los restos del cigarro casi quemándole los dedos, ha pensado en hacer algo así con su mujer. Pero algo siempre le contiene. La vergüenza, el miedo al rechazo, la posible repugnancia en sus ojos, el temor a sentirse aun más sucio y lejano.

Entra en el salón con su dolorosa erección y un creciente desasosiego. Coge el paquete de tabaco y lo observa como si en su interior se escondiese algún secreto. Con un gesto brusco acerca una silla a la ventana y se sitúa como un solitario cazador a la espera de su presa. Ahora la mujer tiene en su boca la polla del hombre que está sentado. El otro, que ha sacado una especie de látigo, acaricia su culo y comienza a azotarla. Y él, que no puede oír nada, siente cada golpe como un latido inmenso y descontrolado en sus entrañas. Se acaricia con fuerza, incluso con rabia, mientras ve a la mujer abrir aun más las piernas y arquear la espalda, pero el que está sentado le coge con fuerza la cabeza y vuelve a enterrarla donde estaba. Y él ya no puede controlarse más y aprieta su polla con violencia hasta que esta se desborda y un aullido seco le quema la garganta. Después, el líquido que resbala por el pantalón del pijama le hace sentirse sucio, y ya no puede seguir mirando. Se levanta y va al baño, donde con las manos aun rígidas intenta disimular el estropicio. Se mira en el espejo casi sin querer, pero lo que ve al otro lado le produce una extraña desazón e impulsivamente se lava la cara. Y se queda allí durante unos minutos, escuchando el lejano fluir del agua a través de las cañerías, incapaz de pensar en nada.

Cuando regresa al salón, las luces del piso de enfrente han desaparecido. Enciende otro cigarro, le da tres apresuradas caladas y lo deja caer por el balcón. Puede verlo en el suelo, pisoteado por una lluvia más intensa que rápidamente lo apaga. Después, corre las cortinas, bebe un sorbo de agua y se acuesta en la cama. Intenta conciliar el sueño, pero al recordar las imágenes vuelve a excitarse y siente la tela del pijama aun húmeda y pegajosa. Se revuelve inquieto e intenta sin éxito pensar en otra cosa. Entonces oye el sonido de la llave en la cerradura, los tacones de su mujer caminando por la casa, la puerta de la nevera que se abre y se cierra, un sonido metálico que no puede descifrar y el suave chirrido de una cremallera.

Ella entra en la habitación, se tumba a su espalda, acerca los labios a su oreja y le dice con voz neutra. "Feliz cumpleaños. Espero que mi regalo te haya gustado."






miércoles, 13 de febrero de 2013

Te intuyo

Te intuyo
Caminando a solas
Por un estrecho pasillo
Donde la inefable razón
Oscila inquieta
Entre la  serenidad
Y ese extraño placer
Que a tus ojos
No anda lejos del abismo.

Tu cuerpo
Ese compañero agitado
Que callaba en silencio
Reivindica ahora
La conquista
El estremecimiento
La pérdida del control
Sucumbir
Aunque solo sea
Por un solitario
Y efímero segundo
Al exquisito abandono
A la dicha del olvido.

Y de pronto
La inaudible fatiga
De lo cotidiano
Se transforma en misterio
Y sueñas con esa sombra
Acaso violenta
Que te rescate del miedo
Asalte tu piel
Hiera esos labios
Que nunca estuvieron fríos
Y con una precisión
No exenta de ternura
Te conduzca a ese lugar
Que creías prohibido.











martes, 15 de enero de 2013

Un beso envenenado



Aun es de noche, pero llevo un buen rato despierto. Procuro no moverme, pues noto su tranquila respiración a mi lado. Mi mente es una masa informe de inquietudes imposibles de definir, preocupaciones, deslavazadas imágenes y retazos de sueños mal dibujados. De pronto, como tantas otras veces, siento la inmediata urgencia de levantarme y hacer algo. O de escaparme de ese espacio extraño en el que todo es turbio y confuso. Me giro en silencio y, antes de salir de la cama, beso suavemente sus labios. Ella, a la que presumía dormida, coge mi mano. Y oigo su voz, que parece venir de un lugar muy lejano.

¿Sabes? A mí una vez me envenenaron los labios. 

Los dos nos quedamos quietos. Y, aunque probablemente sea una ilusión del momento, creo escuchar su corazón palpitando muy despacio.

Tenía diecisiete años, continúa en un susurro. Había estado con algún chico, pero no sentía nada. O muy poco. Y no me gustaba. Una noche vino a cenar a casa un antiguo amigo de mi padre. Era un hombre elegante, aunque no sé porqué, a su alrededor flotaba un aire de tristeza. Era como si estuviese allí y al mismo tiempo en otro lado. No tardé en darme cuenta de que seguía la conversación sin demasiado interés, a pesar de tener siempre la palabra correcta para cada frase. Y, cuando lo hacía, cuando hablaba, yo tenía la sensación de que era solo para mí. Ocurría lo mismo con sus ojos tristes y apagados que parecían no fijar su atención en nada en concreto, pero dos o tres veces me miró durante unos segundos y yo sentí que me estaba desnudando. Y no me refiero a quitarme la ropa. Era algo distinto, imposible de descifrar, que me obligaba a bajar la cabeza para esconder mi rostro ruborizado. Esa noche, cuando se fue, me costó mucho dormirme. Estaba agitada y triste al mismo tiempo. Y me sentía mal por sentir lo que sentía. Creo que ya me entiendes, dice. Y no sé si sonríe o si en silencio está llorando.

Dos o tres días después recibí una carta a mi nombre sin remite. Y supe, sin leerla y a pesar de que no tenía ninguna firma estampada, que era suya. Hablaba de algunas cosas que no entendía, divagaba sobre una vida que yo desconocía, pero también hacía directas insinuaciones sobre la impresión que le había causado. Le gustaba mi voz, mi sonrisa, la manera en que me vestía. Soñaba conmigo cada noche, me decía. Y recuerdo que yo, unas horas después, me masturbé en el baño pensando en su pelo gris y en unas manos firmes  que me acariciaban. 

Hubo más cartas. Muchas más. Y en cada una de ellas yo volvía a sentir su tristeza, aunque su tono fuese cada vez más íntimo y al mismo tiempo más imperioso. Contaba lo que le gustaría hacer con mi cuerpo y lo que deseaba que yo hiciese con el suyo. Y todo me excitaba hasta un punto en que creía que iba a enloquecer. ¿Cómo podía conocerme alguien así, si ni siquiera yo era consciente de ello? Me pedía que me tocase pensando en él y que oliese el olor de mi sexo excitado y yo lo hacía. Me sugería la ropa que debía ponerme y yo me la ponía. Me ordenaba que me desnudase frente al espejo y yo sabía que era él quien me estaba mirando. Puede que estuviese tan solo hechizada, pero yo me sentía poseída. 

He cerrado los ojos, y aunque la escucho aferrado a sus dedos con una fuerza quizás mayor de la necesaria, no puedo escapar de las imágenes que va desvelando.

En una de esas cartas, continúa, me pidió que nos encontrásemos en un cine que se encontraba no muy lejos de mi barrio y por el que a menudo pasaba cuando me dirigía al colegio. Mencionaba el día y la hora exacta, qué ropa debía ponerme y en qué fila estaría esperándome. Para la cita propuesta faltaban poco más de cuarenta y ocho horas, un tiempo que yo pasé consumida por los nervios, sin apenas comer y con el sueño alterado. La noche previa no pude ni cerrar los ojos porque todo lo que veía cuando los cerraba eran sus manos recorriendo mi cuerpo, sus labios mordiendo los míos y sus ojos observándome con un brillo desconocido. Me levanté decidida a no ir, pero a media mañana ya había cambiado de opinión, lo que hice varias veces a lo largo del día. A las siete, sin embargo, estaba de pie frente a la taquilla con las piernas temblando y un zumbido en el estómago que no había sentido nunca. El cine estaba casi vacío y la película ya había comenzado. Tuve que andar a tientas, cegada por la oscuridad, hasta ver su pelo blanco. Al llegar junto a él no podía mirarle y me limité a sentarme a su lado, agarrándome al bolso como si fuese un salvavidas, el pomo de una puerta o los barrotes de una celda imaginaria. Pasaron unos minutos, aunque tampoco estoy segura de cuántos. Lo que sí sé es que, más que tranquilizarme, mi tensión aumentaba, a pesar de tener los ojos fijos en la pantalla. Debía tratarse de la reposición de una película antigua, pues era en blanco y negro y recuerdo a un Jack Lemmon muy joven tomando martinis y aceitunas en la barra de un bar abarrotado. De pronto, sentí su mano sobre mi pierna y no sé si tuve ya un orgasmo. Estaba muy nerviosa, como ida, pero también muy excitada. Sus dedos me apretaban el muslo casi hasta hacerme daño, pero era un dolor diferente, que ni siquiera sentía como tal, o que si lo sentía no hacía sino incrementar el deseo de que aquello no parase. Me abrió las piernas, levantó la falda y se fue directo a por mis bragas. Tuve un acceso de pudor e intenté cerrarlas, pero él me dio un azote en la entrepierna y eso hizo que algo dentro de mí explotara. Puso la palma de la mano contra mi coño y la restregó como quien se está lavando algo. Se me escapó un gemido, y él cubrió mi boca y metió los dedos en ella. Tenía un sabor salado y dulce, diferente al olor que yo conocía, como si fuese el del cuerpo de otra persona. Después oí un chirrido, noté su mano en mi cuello y la presión que me obligaba a agachar la cabeza. No sé cómo era su polla, no sé cómo era él. En realidad, no sé cómo era nada. Me empujaba arriba y abajo, apretando mi nuca. Unas veces me tiraba del pelo, y otras me enterraba hasta que la notaba casi en el estómago. Se corrió. Estaba caliente y viscoso,  de un sabor extraño. Intenté incorporarme, pero me obligó a permanecer allí, empujando aun más, hasta que su polla entera estuvo dentro de mi boca. Después, sin previo aviso, alzó mi rostro y me besó, mordiéndome los labios hasta que sentí el sabor de mi sangre mezclado con lo que no me había tragado. Y una descarga eléctrica recorrió mi piel de punta a punta y pensé que algo, no sabría decirte el qué, se me había roto por dentro. Cuando me soltó, resbalé aturdida por la butaca, como una muñeca de trapo. Él se levantó, creo que me miró un momento, y se marchó sin decir nada.

He estado tan absorto en el relato que no me he dado cuenta del leve temblor que parece agitar su cuerpo. Me acerco a ella, pero se aparta unos centímetros sin soltar mi mano. Intuyo que no necesita consuelos ni comentarios, que le basta y le sobra con nuestros dedos entrelazados. Una luz muy tenue comienza a filtrarse a través de las cortinas, y yo prefiero cerrar los ojos y pensar que hoy todavía no es mañana. Así, en ese silencio, quizás falso, aunque también encantado, vuelvo a escuchar su voz, que ahora parece más calmada.

Tres días más tarde supe por mi padre que había muerto, atropellado por un tren de cercanías. Se ve que no quiso ir demasiado lejos. En mi casa había opiniones para todos los gustos. Que si su empresa iba a quebrar o había ya quebrado, que si su matrimonio era un fracaso, que si… Pero yo no podía dejar de pensar que, lo que sea que le forzó a tirarse sobre unas vías, estaba relacionado conmigo, con lo sucedido en el cine y con mis labios.

Estuve tres años sin tocarme, sin casi salir de casa más allá de lo estrictamente necesario,  evitando siempre pasar por la calle donde se encontraba aquel cine. Perdí peso, apenas comía y, por las noches, cuando conseguía dormirme, era para zambullirme en una angustiosa pesadilla. A veces era su cuerpo destrozado, en otras ocasiones lo veía descomponiéndose entre un amasijo de tierra, huesos y sangre, pero también hubo algunos momentos en que lo tenía a mi lado, haciéndome lo que me había hecho en aquella sala oscura y mucho más. Y entonces me despertaba consumida por el deseo y la vergüenza. Asqueada, envuelta en sudor y con mi coño desbordado.

Oigo algo que no sé si calificar de risa o estertor, como si su energía se hubiese agotado y estuviese esperando a que alguien le coloque unas pilas nuevas. O que simplemente la abrace. Pero algo me dice que no lo haga. Al menos, no todavía.

Una tarde me distraje, y su voz suena entre furiosa y puede que, por primera vez, algo divertida. Estaba caminando, ensimismada y haciendo que miraba los escaparates de las tiendas cuando en realidad no estaba mirando nada, y de repente me di de bruces con el cine. Estaba abandonado, en ruinas, aunque conservaba los carteles amarillentos de la última película que habían proyectado. La puerta, sucia y llena de pintadas, estaba entreabierta como una invitación o como una amenaza. Me quedé absorta contemplándome en el reflejo del cristal, sin reconocerme, sin saber quién estaba allí ni porqué seguía parada. Y recordé todo de nuevo. El miedo, los nervios, la excitación, el abandono. Y el placer, también el placer. En mis piernas, en mi boca, en mis pezones erectos, en mi cuello acalorado. Y, a través del vidrio opaco, vi a un hombre mayor y desastrado que me miraba desde el interior. Dio dos pasos al frente, observándome. Y sentí que me medía, que me medía por fuera y por dentro. En sus ojos había curiosidad, deseo y, no sé porqué lo pienso, puede que también desprecio. Sin pensarlo, crucé la puerta, pasé a su lado y entré en la sala, que olía a viejo, a polvo, a algo quemado. Enseguida sentí su presencia a mi espalda y me quedé quieta, esperando. Me abrazó con violencia, retorciendo mis pechos, bajando los dedos por el vientre y apretando mi coño. Yo estaba mojada. Y no sentía asco. Me dio la vuelta, cogió mi rostro y me dio una bofetada, que no hizo sino acelerar el fuego que llevaba dentro. Hizo conmigo lo que quiso, aunque yo apenas recuerde nada, excepto que sabía a vino barato y a miseria, a ruina, a escombros, a muertos por fin desenterrados.

Nos quedamos en silencio. La luz ya inunda el cuarto y la cama. Poco a poco, se acerca a mí y me abraza. Siento una humedad en el cuello y una paz desacostumbrada. Me muevo lentamente, casi a cámara lenta, y deposito un breve beso en sus labios. Y creo que los dos nos fundimos en un sueño sin pesadillas ni trampas.