viernes, 30 de diciembre de 2011

Escenas de la memoria

Cuando  era un niño/adolescente tímido y solitario me pasaba gran parte del día leyendo todo lo que caía en mis manos. Mi padre, cuyas lecturas empezaban y terminaban con el periódico, tenía la costumbre, frecuente en las familias humildes de la época, de comprar libros con los que decorar las estanterías y dar, quizás, una apariencia de cultura a la casa. Enciclopedias, diccionarios y colecciones que no seguían ningún criterio preciso, pero que a mí conseguían transportarme a lugares excitanes y alejados de ese mundo estrecho y gris en el que habitaba.
Recuerdo que, entre esos libros, se encontraba una enciclopedia ilustrada del cine en tres tomos, que era algo así como mi particular vademecum, y en el que, a la pasión por el cine, que supongo servía al mismo propósito que la literatura, le podía añadir el placer de contemplar, sin urgencias ni disimulos, la belleza satinada de mujeres de otro mundo.
Hoy, cuando la memoria se ha convertido en algo semejante a uno de esos vasos que caen al suelo y, sin romperse en mil pedazos, se quedan ya para siempre agrietados, son muy pocas las instantáneas a las que puedo convocar a mi antojo. Hay una, sin embargo, que nada ni nadie ha podido arrebatarme. Y, con los años y las experiencias, tal vez me atreva a afirmar que fue mi peculiar iniciación a algunos de los gustos que me han ido conformando.
Muchos años más tarde, encontré la película y la compré sin pensarlo. Pero, pasada la primera media hora, aburrido y con la inquietante sensación de que podría perder uno de los pocos recuerdos mágicos de un tiempo triste y en ocasiones amargo, apagué el maldito aparato.
Esta es la imagen, y aun hoy es capaz de despertar un chispazo de deseo.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad

Tarde anodina de Navidad. Yo leo, aprovechando el silencio que parece haberse desplomado sobre la ciudad. Ella, inquieta, pasa las páginas de una revista con un ruido a todas luces innecesario. De pronto, alza la cabeza y repite la misma cantinela de los últimos días: "Me aburro". Y, al hacerlo, pone los ojos en blanco inquisitivamente dirigidos a mí, como si estuviese en mis manos (quizás lo esté) proporcionarle algún tipo de entretenimiento.
Vuelvo a mi libro. El papel cruje entre sus dedos. Más que leer, parece que esté peleándose con personajes imaginarios. Está empezando a ponerme nervioso. "Me aburro", repite de nuevo, esta vez sin levantar la mirada, aunque la ausencia de sonidos la delata.
- ¡Vístete!
- ¿Dónde vamos? - Su rostro resplandece.
- He dicho que te vistas. Vestido, medias, sin ropa interior.
Me observa con cierta aprehensión, pero pueden más sus deseos de hacer algo. Se levanta y, durante unos minutos, la oigo trastear por la casa.
En la calle nos lleva veinte minutos encontrar un puñetero taxi. Ella mueve los pies y junta las piernas, a veces incluso intenta restregarse contra mí. Vuelve a preguntarme adónde vamos y recibe el mismo silencio por respuesta.
Hace calor en el taxi. Demasiado. Abro sus piernas y dejo que el conductor se distraiga un rato. El reflejo de las luces navideñas me permite comprobar que se ha sonrojado. Subo la mano por su muslo y lo encuentro húmedo. Eso la perturba aun más.
Llegamos a nuestro destino. Como esperaba, está abierto. Esta sala de cine X nunca cierra. Ella me mira confusa. Yo pago la carrera y me bajo del coche. No hay un alma en la calle.
En el interior de la sala huele a ambientador barato y otros aromas que intuyo pero prefiero no identificar.  Nos sentamos en una fila intermedia. Procuro hacerlo de manera que los siete u ocho hombres que he identificado se percaten de nuestra presencia. Siento sus miradas. Puedo oler su hambre. Ella se ha quedado quieta, observando sin ver la pantalla desde la que nos llegan unos gemidos sintéticos. Le digo que se quite el abrigo. Duda, pero lo hace. Después, me acerco a su rostro, acaricio sus pezones comprobando su firmeza, y le susurro con voz suave pero firme:
- Te espero en casa a las diez.
Tres horas más tarde, tras haber disfrutado de una agradable lectura, escucho su llave en la cerradura de la puerta.
Trae el pelo revuelto y los ojos un poco perdidos. No dice nada. Yo tampoco le pregunto.
Desde entonces, no ha vuelto a decir "me aburro".

domingo, 18 de diciembre de 2011

Raymond Chandler



"Pero no estoy avergonzado de ser un amante de las mujeres. Lo difícil de hacer entender es que tengo un código, que adhiero a él, que siempre he adherido a él. Hubo una época en mi vida, cuando joven, en que podía haber levantado a cualquier mujer bonita en la calle y haber dormido con ella esa noche. (Otra vez jactándome, pero es cierto.) No lo hice porque tiene que haber algo más y un hombre como yo tiene que estar seguro de que no está hiriendo a alguien, y no puede saber eso hasta conocerla más. Hay muchas mujeres baratas, por supuesto, pero nunca me interesaron. Hay mujeres que son inaccesibles, y puedo reconocerlas en cinco minutos. Siempre pude. Hay mujeres que se entregarán mañana, pero no esta noche. Eso también lo supe. Hay mujeres que por un motivo u otro se entregarán a quien no deben, y se sentirán mal al pensarlo a la mañana siguiente. Eso también tuve que saberlo. Porque uno no ama para para herir o destruir. Hubo chicas que pudieron quedar con cicatrices el resto de su vida dando curso a un impulso humano normal, pero yo no sería el culpable. Hubo chicas a las que no les importaba, pero por ellas no me preocupé. No sé si es un talento o una maldición, pero siempre lo sé. No sé cómo lo sé, pero podría darle ejemplos específicos en los que, contra todas las apariencias externas, yo lo sabía. A veces, esto me obsesiona. Siento como si fuera un mal hombre, y esa intuición me ha sido dada sólo para destruirme. Pero supongo que ya no me importa mucho destruirme. Después de todo, fui un marido amante y fiel durante casi treinta y un años, y vi a mi esposa morir lentamente y escribí mi mejor libro en la agonía de ese conocimiento, y aun así lo escribí. No sé cómo. Me encerraba en mi estudio y pensaba que me encontraba en otro mundo. Por lo general me llevaba una hora, al menos. Y entonces me ponía a trabajar. Pero siempre escuchaba. Y tarde, a la noche, me recostaba en el sofá a leer porque sabía que hacia la medianoche ella vendría en silencio y querría una taza de té, pero nunca la pedía. Siempre tenía que convencerla de que la aceptara. Pero tenía que estar ahí, porque si hubiera estado dormido, ella no me habría despertado, y no habría tomado su té.
¿Cree que lamento algo de esto? Estoy orgulloso. Fue el momento supremo de mi vida."

jueves, 15 de diciembre de 2011

Dirty make up


Te fui a buscar a la estación como en otras ocasiones, y cuando te vi cruzar la puerta supe de inmediato que querías provocarme. Porque una de las normas es que no podías maquillarte y, a pesar de  todo, ahí estabas, con los ojos pintados y un deliberado exceso de colorete en las mejillas.
Me callé y no dije nada. Subimos a un taxi y le indiqué al conductor que nos acercase a mi casa. Pero no a la dirección exacta, sino a un callejón mal iluminado que hay en la parte de atrás. Cuando bajamos, dejé pasar un par de minutos hasta que desapareció en la noche. Entonces, me giré y te di dos sonoras bofetadas. Te cogí del pelo y, como a la perra desobediente que estabas demostrando ser, te arrastré hasta el rincón más oscuro. Te puse de rodillas, me saqué la polla y te meé en la cara sin contemplaciones. Después, eso sí, te di mi pañuelo para que te quitases hasta el último atisbo del jodido maquillaje.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Emily Dickinson


"Llévate lo que quieras de mí, pero déjame el éxtasis.
Solo así seré más rica de lo que antes era."

Versión de Nuria Amat

viernes, 9 de diciembre de 2011

El club de los estrellados - Joaquín Berges


En algunas contadas ocasiones te tropiezas con un libro que te llama la atención, y lo compras casi de manera instintiva. Algo así me sucedió con la segunda novela de Joaquín Berges, "Vive como puedas", de quien no sabía nada. La experiencia fue deliciosa (creo que tengo alguna publicación en la que hablo del libro), así que cuando vi reeditada su primera obra, dejé la lectura que me traía entre manos y me zambullí en ella. Y de nuevo devoré, emocionado y divertido, sus páginas.
Personajes que con menos sensibilidad  habrían resultado inverosímiles caricaturas, y con los que el autor, lleno de ternura y sin ningún prejuicio, nos regala una historia cargada de fetichismos (secuestros, voyeurismo, travestidos, prostitución...), en la que acabamos por enamorarnos de casi todos ellos.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Grey city


He salido. Llovía
La gente caminaba con la determinación
de quien conoce su destino
y escapa de él
En tardes como esta
solo veo en blanco y gris
el blanco del papel que me observa
y el gris de mi mirada.