sábado, 24 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad

Tarde anodina de Navidad. Yo leo, aprovechando el silencio que parece haberse desplomado sobre la ciudad. Ella, inquieta, pasa las páginas de una revista con un ruido a todas luces innecesario. De pronto, alza la cabeza y repite la misma cantinela de los últimos días: "Me aburro". Y, al hacerlo, pone los ojos en blanco inquisitivamente dirigidos a mí, como si estuviese en mis manos (quizás lo esté) proporcionarle algún tipo de entretenimiento.
Vuelvo a mi libro. El papel cruje entre sus dedos. Más que leer, parece que esté peleándose con personajes imaginarios. Está empezando a ponerme nervioso. "Me aburro", repite de nuevo, esta vez sin levantar la mirada, aunque la ausencia de sonidos la delata.
- ¡Vístete!
- ¿Dónde vamos? - Su rostro resplandece.
- He dicho que te vistas. Vestido, medias, sin ropa interior.
Me observa con cierta aprehensión, pero pueden más sus deseos de hacer algo. Se levanta y, durante unos minutos, la oigo trastear por la casa.
En la calle nos lleva veinte minutos encontrar un puñetero taxi. Ella mueve los pies y junta las piernas, a veces incluso intenta restregarse contra mí. Vuelve a preguntarme adónde vamos y recibe el mismo silencio por respuesta.
Hace calor en el taxi. Demasiado. Abro sus piernas y dejo que el conductor se distraiga un rato. El reflejo de las luces navideñas me permite comprobar que se ha sonrojado. Subo la mano por su muslo y lo encuentro húmedo. Eso la perturba aun más.
Llegamos a nuestro destino. Como esperaba, está abierto. Esta sala de cine X nunca cierra. Ella me mira confusa. Yo pago la carrera y me bajo del coche. No hay un alma en la calle.
En el interior de la sala huele a ambientador barato y otros aromas que intuyo pero prefiero no identificar.  Nos sentamos en una fila intermedia. Procuro hacerlo de manera que los siete u ocho hombres que he identificado se percaten de nuestra presencia. Siento sus miradas. Puedo oler su hambre. Ella se ha quedado quieta, observando sin ver la pantalla desde la que nos llegan unos gemidos sintéticos. Le digo que se quite el abrigo. Duda, pero lo hace. Después, me acerco a su rostro, acaricio sus pezones comprobando su firmeza, y le susurro con voz suave pero firme:
- Te espero en casa a las diez.
Tres horas más tarde, tras haber disfrutado de una agradable lectura, escucho su llave en la cerradura de la puerta.
Trae el pelo revuelto y los ojos un poco perdidos. No dice nada. Yo tampoco le pregunto.
Desde entonces, no ha vuelto a decir "me aburro".

8 comentarios:

laprincesa{Celta} dijo...

Puessssssssss...no se me ocurrirá decir nunca más que me aburro (lo digo alguna que otra vez), por lo que pueda pasar.

Monica dijo...

¡¡Grande, muy grande!!

Amparo dijo...

muy bueno :)

Marlowe dijo...

Amparo,

Me alegro por la sonrisa.

Mónica,

Los Verdi tienen mejor programación pero menos acción.

princesa,

No sé por qué, pero ya imaginaba que a veces dices eso.

Olivia dijo...

se lo tiene merecido!!! yo me la he imaginado jugando con el pelo y haciendo pompas de chicle a la par que pasaba las páginas...

un incordio de niña! bien hecho!

Marlowe dijo...

Olivia,

Pues, ahora que lo dices...

Yunuén Rodríguez dijo...

Por supuesto, cualquier símbolo que nos haya marcado provocará esa decepción al materializarlo, y a la vez nos estimulará a seguirlo intentando, con más vehemencia cada vez.

Me gustan tus relatos, precisos al lograr una emoción y un gesto en el lector, sean estos o no los mismos para cada cual.

Marlowe dijo...

Yunuén,

Gracias por tu visita y por tu comentario.

Un saludo,