viernes, 11 de noviembre de 2011

The killer inside me

Winterbottom, además de prolífico, suele dar un toque personal a sus películas. En esta aceptable, pero innecesaria, adaptación de la oscura novela de Jim Thompson, ese sello se diluye bastante, quizás por un excesivo respeto al espítitu del original.
Mi intención, sin embargo, no es hablar del filme en si, sino de la tendencia que tiene el cine (¿mundo?) convencional por etiquetar a los sádicos como psicópatas. ¿Cuántas películas hemos visto en que, con el único propósito de añadir morbosidad a una historia, se la aliñaba de unas gotas de violencia o estética látex?
Es triste que una determinada forma de ser o de sentir resulte difícil de llevar a la práctica, pero no creo que eso conduzca al desarrollo de ninguna psicopatía. En todo caso, puede ser una frustración, más o menos importante. Pero de esas, hay muchas en la vida.

4 comentarios:

BELLARTE. dijo...

Wow! Descubriendo otros rumbos contigo.

algamarina dijo...

Buena reflexión...

Mis saludos desde mis bahías...

Marlowe dijo...

Un saludo, algamarina.

Monica dijo...

En parte, discrepo contigo.
Las escenas de violencia hacia las féminas no provocan morbosidad, creo más bien que definen el carácter perturbado del protagonista.
No veo por ningún lado la relación azotar-impulso sexual.

A pesar de eso, coincido contigo en la gratuidad de algunas historias cinematográficas con el único fin del taquillaje.