viernes, 27 de marzo de 2015

Mudanza

Tras bastante tiempo por estos lugares, he decidido mudarme a otro sitio fuera del ámbito de blogger.

Quien quiera que me leyese aquí, teniendo en cuenta lo poco que escribía últimamente, es más que bienvenido en www.azotessonamores.com

Gracias por vuestra compañía, paciencia y comentarios durante estos años.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Suturas


Cuando todo lo demás falla
y solo queda la ausente verdad de los espejos
haces inventario de todas las heridas
y en el ruidoso silencio
ves la sangre oscura
derramándose de nuevo.
Y por debajo de la ira
de la seca y conocida tristeza
del inevitable dolor del desconsuelo
lo que en realidad te sacude
es el asombro
de que esas viejas cicatrices
cuidadosamente trabajadas
desde el origen de los tiempos
palpiten con tanta intensidad
más desnudas que nunca
como una fría lágrima
sometida al capricho del viento.
Y en una mueca de horror
 y quizás
solo quizás
de comprensión última
te preguntas si en algún momento
supiste dónde se encontraba el remedio
a la sucia soledad
de esos ojos que te miran
como viejos cristales muertos.
Porque los relojes no se paran
ni se escupen las ilusiones
y la noche no amanece
en el narcotizado insomnio del sueño.
Pero te levantas
alzas las sábanas
descubres si acaso el espejismo de un velo
coges hilo tijeras agujas
el alcohol que no embriaga
las vendas enmohecidas
y al azar
o al azar que dicta el miedo
ante la oscuridad del mar que se aleja
coses las costuras
y recompones el gesto
con la certeza
de que te maten o no

tú siempre mueres primero.

viernes, 22 de agosto de 2014

Amaneciendo



Despertar en la penumbra
De un día que nunca es un día cualquiera
Tan conocidas las heridas
Seca la boca
Con el último cigarro de la noche
Aun temblando en la garganta

Pero esa soledad
De párpados muertos que refutan la luz
No puede
Sin embargo
Evitar que el caos
De los pequeños y ancianos ruidos
Se cuele por la ventana

Entonces
En ese inequívoco y preciso momento
En el que el mundo penetra
Donde tú estás sin todavía estar
Con la algarabía del presente
Y el eco subterráneo de las esperanzas rotas
Solo la sencilla sabiduría de otra piel
Es la que te secuestra
Y de tus ruinas te rescata

Porque
A veces
La inmoralidad de unas sábanas limpias
Hace trizas lo que está por venir
Y rehusa el aquí estoy
Con todas sus amenazas

Y ya después
Con la clara certeza
De que solo es victoria
Lo que convive con la derrota
Adornas palabras
Quizás para regalarte el placer
De lo que quede escrito
Cuando el viento
Arrastre consigo hasta la última hoja.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Ética promiscua vs 50 sombras...




"Cada persona que conoces te ofrece un espejo único en el que ver una nueva imagen de ti.  Y cada amante engrandece tu visión del mundo y profundiza en tu propio conocimiento."  Dossie Easton & Janet W. Hardy


Hay libros grandes que son voluntariamente modestos. Y hay otros que, como una tormenta tropical, hacen un ruido atronador pero con los que, al leerlos, tu curiosidad e interés se secan enseguida. 
Leí tres cuartas partes del primer volumen de la famosa trilogía y tuve la misma sensación que al mascar un chicle. Con cierta chispa al principio y cada vez más insulso según iba avanzando. Estoy de acuerdo en que es posible que haya contribuido a que algunas personas se acerquen a sus fantasías con una calma o legitimidad de la que antes que carecían. Pero son solo eso, fantasías, pues lo que el libro transmite en el fondo son los mismos estereotipos de siempre sobre la sexualidad y las relaciones amorosas.
Hoy, antes de escribir esta entrada, he hecho una rápida consulta en google comparando los resultados de la búsqueda de “50 sombras…” con los de “Ética promiscua”, y los números son un tanto escandalosos, tanto con los títulos en inglés como en español. Es más, de este último no he encontrado ninguna reseña que no provenga de algún blog pequeño y personal como el mío. Es probable que las haya, pero yo no he sido capaz de dar con ellas.
Esta pesada y errática introducción, que no sé si viene a cuento de nada, es en lo que yo pensaba estas últimas semanas cuando releía algunos de los capítulos que más me han impresionado de “Ética promiscua”. Y digo releer porque, bajo un lenguaje sencillo y un estilo casi de manual de ayuda, este libro habla de temas complejos con respeto y generosidad, poniéndose siempre a la altura de cualquier lector y huyendo del pedestal de la pedantería.
El libro, al menos en su edición en español, se define como “Una guía práctica para el poliamor, las relaciones abiertas y otras aventuras”. Y, aunque certero, a mí me resulta un poco limitado,  pues prefiero verlo como un paso más en la aventura del conocimiento. 
En un tiempo en que casi todas las causas parecen casi perdidas, ampliar los horizontes del amor, de las relaciones personales y del placer debería ser algo más y mejor que una lejana utopía. Y como Dossie y Janet dicen al final de su libro, hacer de la abundancia un fetiche es una saludable manera de entender la vida.
Un último consejo para los que se animen con esta aventura. Si hay algo que te aburre, o que en ese momento no te interesa, pasa de largo y sigue leyendo.  Pero déjalo cerca, porque es un libro de múltiples lecturas.

sábado, 17 de agosto de 2013

En tu piel

En tu piel
El placer
Si tiene nombre
Se escribe con mayúsculas
Y ahí
En cualquiera de tus poros
Comienza una historia
Que aun sin final
Nunca se termina
Ya sea roce
Vendaval
O ruidosa caricia
Mi tacto
Siempre encuentra
Ese acorde
En el que el dolor
Se transforma
En gozosa agonía
Y me pierdo en esas noches
En cada una de sus calles
Y en tus inmensas avenidas
Glorietas
Pliegues
Plazas
En las que a todas horas es de día
Recorro tu cuerpo
Como el explorador
Deslumbrado por el sol
Para el que cada huella
Es un silencioso rumor
En pos de la tierra prometida
Y todo
Desde el latido de tu vientre
Hasta la sal de tus axilas
Es un fragor que nunca sacia
Y que en cualquier rincón
Se anuncia y se culmina
El pelo revuelto
A veces desatado caudal
Y otras entre mis dedos la brida
Sobre la que cabalgo
A lomos de tu cuello y tu rubor
O sobre esa boca curiosa y ávida
Que dice ven
Aunque solo sea un instante
Porque juntos
Vamos a comernos
No solo los labios
La rabia
O el tejido de los sueños
Sino
Por encima de todo
La esencia de eso
A lo que también llamamos vida.

lunes, 17 de junio de 2013

Un misterio inesperado



No sucede a menudo, pero en ocasiones recibo correos de personas que han leído algo en el blog y que me transmiten sus impresiones. En algunos casos recibo también relatos o reflexiones sobre esta u otra temática. Procuro contestar siempre, como lo hago con los  comentarios que deja alguien en mi blog, pues despiertan mi simpatía y es posible que alimenten un poco ese ego que intento mantener bajo control.

Hace unas semanas, una desconocida sin nombre me envío un relato que tenía identidad propia y una voz especial y poco común. Me gustó, intercambiamos unos correos y, en un momento dado, me atrajo la posibilidad de jugar un poco con él, respetando su voz e incluyendo algo de la mía. Este es el resultado del peculiar e interesante experimento, cuyo mérito corresponde por completo a esa misteriosa desconocida.


Miro las agujas del reloj: las ocho. Y tengo de nuevo la desagradable sensación de estar perdiendo el tiempo. En realidad, sé que cada día hago menos, y esa voz no tarda en retumbar dentro de mi cabeza: “¡Estudia, haz algo, fracasada! ¡Eres un desastre con todo!” De repente quiero irme lejos, caminar sin rumbo, perderme. Estiro el brazo y lo saco por la ventana. El viento es frío y la piel se me eriza de inmediato. Siento un estremecimiento que me lleva a ese momento que intento olvidar desde hace días. Me levanto, y sin coger la chaqueta, salgo disparada hacia la calle en busca de ese atardecer que tan bien suele sentarme. Nada más abrir la puerta de mi edificio el aire me azota la cara sin contemplaciones.  Empiezo a caminar deprisa mientras el aire se ensaña con mi pelo, empujándolo para atrás. Revolotea descontrolado  y veo manchas doradas cruzando mi cara. Se me pega en los labios. Suspiro e intento escupirlo. Pero es inútil, porque en cuanto respiro se mete dentro de mi boca y se agarra a la lengua como si le fuese la vida en ello. Doy gracias por llevar los vaqueros y una camiseta ajustada, pues no creo que pudiese soportar el roce del viento sobre la piel. Cualquier fricción con mi cuerpo, por leve que sea, me devuelve a la oscuridad y al miedo de no saber quién soy. Sin querer pensar en nada, acelero el paso en dirección al paseo marítimo. Solo quiero ver el atardecer, caminar por la playa, escapar de este malestar que me atenaza. 
Cuando llego, me quito los zapatos, entierro los pies en la arena y dejo que sus pequeños granos se deslicen por mi piel. El cielo tiene un color malva rosado y la bruma hace que las montañas aparezcan difuminadas, como en un sueño. Huele a espuma, a sal y a tierra mojada. A pesar de la calma aparente, las olas suenan más fuerte de lo normal, como si quisieran hablar conmigo. Pero yo no quiero hablar con nadie. No hoy, no ahora. Tal vez nunca. De pronto, las imágenes de aquella escalera inundan mi mente y un calor sucio sube por mis piernas. El ruido dentro de mí se hace ensordecedor, las orejas me queman y noto cómo la vergüenza me estalla en la cara. Suelto un grito ahogado, me levanto y me meto en el agua. ¡Dios, está helada!  Y de repente lo siento. Mi respiración se agita, intento mantener el control… Pero es demasiado tarde y ya no sé si puedo escapar. Y sigo caminando, con el agua trepando por mi cuerpo, haciéndose con él, llevándoselo a otro lado.

Estoy en una habitación oscura. La cama es demasiado rígida. Escucho su respiración cerca. A pesar de tener los ojos vendados, sé qué está ahí, al acecho.  Y tengo miedo, no sé si de lo que vaya a hacerme o si es solo miedo de mí, de hasta dónde esté dispuesta a llegar, de ir a un sitio donde nunca he estado y del que tal vez después no sepa volver. Siento la necesidad de escaparme,  de deshacerme de esta situación y recuperar el sentido común, aunque en el fondo sé que no lo haré, y eso solo hace que la rabia y el deseo crezcan. Ni siquiera le conozco, apenas un vistazo rápido al llegar a su casa, pues enseguida agaché la cabeza y me quedé mirando el suelo con el estómago revuelto y sin saber qué hacer ni dónde meterme. Las últimas semanas han sido una locura. Mensajes, conversaciones por teléfono en las que yo ni siquiera decía nada por el temor a que mis padres se enterasen de algo. ¡Dios, tengo solo diecinueve años!  Nunca pedí tener estas fantasías, este deseo de ser sometida, este fuego que no hace más que crecer desde que entré en aquella jodida página de internet y vi primero unas fotografías y después esa película. De pronto, lo único que quiero es salir corriendo. Muevo las manos, intento sacarlas, pero las esposas me hacen daño,  y con cada roce empiezo a humedecerme más y más.  Mis pezones enseguida se ponen duros. Me muero de vergüenza, empiezo a sofocarme… Me coloco lo más recta posible y con la cabeza alta. Al menos, no pienso parecer tan vulnerable. 
Escucho sus pasos y alzo un poco el rostro con los sentidos alerta. Cae una gota de agua helada en mi espalda. Inmediatamente se me escapa un grito ahogado, me arqueo y todo el cuerpo intenta alejarse de esa gota que desciende por mi columna. Se me erizan los pelos de la nuca, mi respiración se entrecorta y  cierro los ojos con más fuerza. Otra gota, cuando mi piel ya ha asimilado el frío. Otra vez la misma sensación de rechazo. Otra gota, otro jadeo. Otra…
Tan solo puedo gemir. “Ya…”. No consigo acabar la frase. Estoy completamente mojada. Arrodillada, empiezo a mover mis piernas intentando aliviar esa quemazón, el ardor que siento por fuera y por dentro. Coge mi barbilla con  delicadeza, la eleva. Noto su respiración en mi cara, tranquila, paciente. 
-No te ocultes, quiero verte bien. –Mi corazón se encoge- ¿Qué has dicho?
Me quedo callada y cierro la boca. No pienso admitir que he suplicado que parara. Suelto un bufido tenso. 
-Eso no está bien, pequeña… Coge un pezón erecto y lo empieza a acariciar. Suelto un gemido. Empieza a apretarlo, aflojar, acariciar, apretar… Me vuelve loca. Mi lengua se eleva. Me resisto… Un cubito de hielo roza mi barriga.
-¡Ah! 
Pasa el cubito de manera intermitente por el vientre, el pecho… el pezón. Lo mueve en círculos. Está demasiado frío, empieza a quemar. Muevo las manos de nuevo, pero solo consigo hacerme daño. Me excito, noto la humedad en mi entrepierna. Me duelen las muñecas. Pasa el hielo por el cuello, por la oreja. Me estremezco. No soporto el hielo, no soporto no poder quitármelo de encima. Cada roce hace que mueva las muñecas. Deja caer el poco hielo que queda por mi espalda. Elevo la voz. Empieza de nuevo con el otro pecho.
-Por favor…
El hielo desaparece de mi cuerpo. Y siento como si estuviera desnuda en medio de la nada.  
-Abre la boca.
Hago lo que ordena, en trance. ¿Ya está? ¿Dónde está mi orgullo? Pasa el hielo por mis labios, quiero lamerlo, refrescarme. Acerco la lengua y aleja el hielo. Muy lentamente lo va pasando por el perfil de mis labios, las gotas van resbalando por el cuello. Mi cuerpo es un incendio líquido en el que todo se evapora de inmediato. Me mete el hielo bruscamente en la boca. Despierto del trance. Vuelvo a sentir este condenado frío. Una pequeña lágrima quiere salir, presa de la tensión y de la vergüenza.
Le oigo moverse, de nuevo está conmigo. Esta vez es una pieza más grande, la pasa en zigzag por mi vientre, baja… baja… Me obliga a levantar las caderas. Estoy confusa, deseo abrir los ojos. Muevo con urgencia las manos. Más rozaduras. Estoy mojada, por todas partes. 
Y lo hace. Me abre y mete el maldito hielo. Quiero soltar una queja, un grito, escupir el hielo en la cama y mirarle con rabia a los ojos.
-No escupas el hielo. Como vea que se te escapa algo de agua, te daré cinco azotes.
Un resorte se dispara en mi cabeza ¿Azotes? ¡Ni hablar! Y lo dejo caer, forcejeo con las esposas e intento levantarme de la cama.
Y mi piel estalla. No siento nada y lo siento todo. La violencia, el dolor, el placer más intenso. Y sin embargo no puedo evitar que las lágrimas salgan a borbotones de mis ojos. Quiero ese hielo, pero solo para volver a arrojarlo. Él parece darse cuenta, y antes de volver a introducirlo lo pasea por mi culo. Grito. No puedo más y al mismo tiempo lo quiero todo.
- Ni se te ocurra volver a hacerlo. No sabes lo que puedo llegar a hacer contigo. Ahora, mueve bien esas caderas.
Y hago lo que me ordena. Él juega con el hielo dentro de mí. Quema…Estoy tan caliente que se empieza a derretir. Empapo las sabanas,  Echo la cabeza para atrás y empiezo a gemir. Enloquezco. El hielo se funde conmigo, solo quiero que me embista, que me toque, que haga conmigo lo que quiera.
-Por favor… Dámelo… -mi voz oscila entre el aullido y el suspiro. Sueno tan tonta y vulnerable…-
-Por favor, ¿qué? –Lo dice con voz fría. Noto el líquido que corre por mis piernas. No estoy bien, pero a estas alturas qué más da. Por mi insolencia, coge otro hielo y vuelve a empezar. Mis quejas, si las hay, ya no sirven de nada. Mis caderas tienen vida propia y se mueven solas.
-Por favor, señor…
-Dilo.
Maldito hijo de… 
-Por favor, señor… empiece ya… -Odio decir esto, odio parecer tan pequeña, tan dócil, tan estúpidamente servil.
-No lo pienso repetir, Sara. –pone su boca en mi oído y me lo repite con un seco susurro- Dilo.
-Por favor, señor, fólleme, azóteme, haga con mi cuerpo todo lo que desee.
-Muy bien. -Ya no noto su mano en mi entrepierna. Coge mi cara, la echa un lado con urgencia, me arrastra por la cama, tira de mí y... 

Una ola enorme me cubre por completo. No sé cómo, pero en mi aturdimiento he seguido caminando y ahora estoy demasiado lejos de la orilla. Me doy la vuelta y comienzo a bracear de forma descontrolada. Trago agua, siento nauseas, me duelen mucho los brazos y el pelo enmarañado me cubre los ojos. Entonces, cuando creo que no lo voy a conseguir, un fogonazo se dispara en mi cabeza. Y recuerdo con absoluta claridad lo que llevo dos días intentando ocultar, que en realidad aquella tarde no pasó nada,  que esos recuerdos no son reales, sino las cosas que él había prometido hacerme, y que al llegar a su casa, me quedé paralizada en el último rellano de la escalera y, presa de un pánico irracional, salí corriendo y durante horas estuve dando vueltas por la ciudad mientras disimulaba las lágrimas. Y que luego no respondí a ninguna de sus llamadas. Y que esa es la verdadera razón por la que me siento una cobarde y una fracasada.  El cansancio me invade, penetrando por cada poro de mi piel, y tengo la tentación de no pelear más, de dejarme llevar y flotar a la deriva. Pero un impulso más fuerte me hace mover el cuerpo con toda su energía. Me revuelvo como puedo, agito brazos y piernas, trago más agua y por fin llego a la orilla. Doy unos pocos pasos trastabillando y me dejo caer sobre la arena.  Escupo el agua, la sal y toda la rabia. Y entre temblores, consigo sacar el teléfono del bolsillo y compruebo que todavía funciona.

jueves, 21 de marzo de 2013

Palabras ajenas - Sally Binford



"A mis seres queridos:

Casi todos vosotros sabéis que llevo algún tiempo planeando marcharme, no por desesperación o depresión, sino por un deseo de acabar las cosas bien. He tenido la suerte de vivir una vida extraordinaria, enormemente enriquecida por el amor y el apoyo de un amplio (aunque improbable) grupo de amigos y amantes. No quiero dejar que se disipe en años de debilidad y dependencia. He jugado lo suficiente para saber que resulta sensato marcharte cuando vas ganando (o al menos cuando empatas). Y aquellos de vosotros que sabéis cuándo nací reconoceréis que la elección del momento de mi salida me permite reclamar como mi epitafio:
Toujours soixante-neuf!

Adiós con amor, Sally"

Cita tomada del libro "La mujer de tu prójimo", de Gay Talese.